Digresiones en la noche vieja de 2012 a 2013.
Nos
puede parecer mucho o poco el sueldo del diputado. Depende de la situación en
la que se esté. Nos pasaría exactamente igual con las retribuciones de de
cualquier profesional con respecto al salario mínimo o a una prestación social.
Pero el tufo demagógico de algunas apreciaciones sobre el sueldo de los
diputados, concejales y demás representantes electos de los ciudadanos (incluso
apreciaciones erróneas), nos dejan ante la disyuntiva de que, o bien, ya que no
sirven para nada, mejor estarían en su casa o en el paro para que aprendan y,
de paso, poner en su lugar "gente preparada" que vocacional,
desinteresadamente y con honradez ejerzan el gobierno de la nación o de la cosa;
o bien, ya que no se puede hacer nada, despreocuparnos de la política y que cada
uno se las arregle por su cuenta.
Está
claro que la clase política (tiene bemoles el término), los representantes
electos y sus partidos, digo, se han desprestigiado ellos mismos en múltiples
ocasiones, y ese desprestigio se ha hecho llegar (creo que interesadamente) a
todos por igual. Esto, que conste, es por no hacer tabla rasa: personas
honestas, que no han robado, malfurriado ni mentido, haberlas, haylas. Tanto
entre los políticos como entre el resto de la ciudadanía. Hay quien dice, no
obstante, que en este país nadie se salva, que somos así etc., etc. Él sabrá,
ellos sabrán la opinión que de sí mismos están dando.
Dejando
a una parte, cielos, el derecho a la presunción de inocencia y honestidad,
estamos donde estamos bombardeados por la culpa, como ya he dicho en este mismo
foro en otras ocasiones, con esa cara de tontos que se nos queda asumiendo que
esto no podía ser ¡Demasiada felicidad!¡Fue bello mientras duró! Y vuelvo a
repetir aquello: que cada palo aguante su vela. Porque si no, llegamos a la
conclusión de que lo que está mal es la democracia, los derechos humanos, el
contrato social y cualquier manera de convivencia civilizada ¡Sólo nos
merecemos el palo y la zanahoria! Que el trabajo no es un derecho y un deber
sino una mercancía cuyo valor depende como todo de las sacrosantas leyes del
mercado, mano inocente que mueve la rueda de la fortuna.
En
un momento como éste, tan dramático, apelar al sueldo de los diputados, de los
funcionarios, de esos parados que cobran (¡si es que son unos vagos!), de los viejos
hipocondríacos acaparadores de medicamentos, de los universitarios que se van
de Erasmus para golfear por esos países, de los tal o los cual… y no a la mala
práctica, a la irresponsabilidad y, sobre todo, a la avaricia desmesurada de los
acaparadores del maldito parné y sus coadyuvantes, los sacerdotes del Becerro
de Oro, en este momento, digo, dimitir
de nuestra condición de ciudadanos es asumir la de chivos expiatorios.
Y
es que es esa condición de ciudadanos la que se nos está poniendo en duda como
si fuese una cosa que se nos puede quitar por hacer abuso de ella. En una
democracia formar parte del demos, tener carta de ciudadanía, es asumir la
responsabilidad y para ello el poder de poder ejercerla. Sin ese poder,
nuestros derechos son concesiones del verdadero poder, el fáctico, que se nos
podrán arrebatar si somos malos o con escusa de serlo y aun sin serlo.
Por
eso el sueldo del diputado, la productividad de los funcionarios, el mal uso de
los servicios públicos y otros muchos debates concernientes al buen uso de las
instituciones y recursos del estado son algo que no tendría que ser algo
excepcional sino corriente en el devenir cotidiano de una democracia. Cuando lo
corriente, lo que debería ser normal se convierte en excepcional, se
sobredimensiona ocultando otros debates, sobre cosas también muy importantes y
que se dan por descontadas.
Un
ejemplo de lo anterior es la falta de debate público sobre la deuda contraída
del Estado Español y su “legitimidad incuestionable” (tanto del capital nominal
como de los intereses leoninos derivados de una especulación manifiesta) que
llevó a reformar la Constitución el 2011 con lindezas de este tenor: Los créditos para satisfacer los intereses y
el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre
incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta.
Resulta
indignante que una decisión tan excepcional como una reforma de la Carta Magna,
que supone de hecho una cesión de soberanía tan importante, no haya sido
consultada en referéndum tras el consiguiente debate aclaratorio. Este es el
mensaje.
La
Corona, entre tanto, insta a los políticos a la Gran Política, la histórica y
heroica del consenso de la transición con Espada de Damocles (de los espadones)
incluida, representada esta vez, con el no se puede hacer otra cosa o ya veréis
lo que hace la Prima. Pero La Corona, que para mí no significa otra cosa que la
patética imagen de un anciano simpático y granujilla con el discurso acabado,
es la representación máxima del estado y cuando nos dice que debemos claudicar
nuevamente ante la adversidad de los tiempos haciendo sacrificios por una segura
recuperación (de la grandeza de España, me pienso), luchando unidos (contra la
discrepancia, la diversidad, que no a otra cosa nos suena lo de desunión) sobre
todo bipartidistamente (consenso), cuando esto nos dice la Corona, a muchos de
nosotros nos parece más de lo mismo en el tortuoso camino hacia una democracia
real que (perdón por la gracieta), no es lo mismo que monarquía parlamentaria.
El
deterioro de la imagen de Juan Carlos I y su entorno, no se ha debido
desgraciadamente a un debate serio sobre la vetusta institución tanto como a
los avatares de un sistema democrático que se consensuó con gran ilusión por
parte de una mayoría con ganas de vivir en alegre libertad, con cierta
resignación por parte de muchos que hubiéramos preferido poder cambiar nuestra
opinión con el paso del tiempo y sobre todo, con una gran presión por parte de
los poderes fácticos para que la cosa no se desmadrase. Esa legalidad
democrática, que no obstante, es lo que teníamos y lo que tenemos, ha resultado
ser tan débil como el pensamiento de la ciudadanía (el sueño de la Razón,
citando a Goya) que de puro autocomplaciente en su laissez faire se queja de lo que al parecer libremente ha elegido.
Así pues, aunque la monarquía por su naturaleza irracional (en el sentido
goyesco), no necesita a nadie para deteriorarse; se cuartea por momentos como
la pintura mal imprimada que es: una gruesa y grasa capa franquista, una magra
capa de consenso democrático, otra recia capa de involución y, por si fuera
poco, la capa final de la imprimación en blanco legítimo dinástico; así pues,
retomando el hilo, las propias vicisitudes de nuestra democracia en ese no
querer desmadrarse (que no fuera otra cosa que evolucionar), han afectado al
prestigio de la institución de la jefatura del estado bajo cuya
irresponsabilidad ante la ley, y por irresponsabilidad de los sucesivos
gobiernos y legislaturas, se ha podido cometer ilegalidades sin control.
Ese
es el verdadero debate, el control. El control de las instituciones por parte
de la ciudadanía, pues es evidente que el descontrol destruye el sistema
inmunológico de una sociedad democrática. La corrupción es consecuencia de los
fallos en el control por parte de los ciudadanos, por ejemplo, delegando en el
tribunal de cuentas y del real control que ejerce sobre los gobernantes el real
poder del maldito parné.
Demasiado
debate se omite en los medios de comunicación que han dejado de ser el cuarto
poder para ser simplemente la voz de sus amos escenificando un diálogo estéril,
que a priori ya tiene sacadas las conclusiones.
También
entretanto, doña Cospedal, retira el sueldo a los parlamentarios manchegos y
ahorra un millón de euros; algún lenguaraz le ha dicho que podía ahorrarse
hasta diez más retirando el sueldo a los cargos de su confianza en Castilla La
Mancha. Y mal andamos, repito, si estos debates corrientes, tan importantes,
nos ocultan el mayor:
¿Qué
vamos a comer mañana? ¿Qué va a ser de nuestra salud pública? ¿Qué va a pasar
con la educación de nuestros hijos, con nuestra vivienda encarecida
artificialmente por la irresponsabilidad (de hecho, según parece, la teórica no
responsabilidad de sus actos, no sólo se aplica al Rey) y la codicia sin
límites? ¿Qué va a ser de nuestro trabajo depauperado por la evaporación de los
derechos laborales?
La
libertad es muy difícil (no imposible) cuando la necesidad te induce a asumir la
esclavitud. Los sucesivos singobiernos gendarmes del dogma satanizador del
déficit, y vigilantes de la amenazante hiperinflación están produciendo gran
pobreza material y moral. Y las verdades a medias son peor que las mentiras,
como mucho peor que el sueldo de los diputados es el clientelismo y la falta de
moralidad a la hora de representar a la ciudadanía. Soy de los que piensan que
deberíamos poder aplicar la ley ya que no hay libertad fuera de ella: La Constitución,
Los Derechos Humanos… Deberíamos poder legislar, reformar nuestras leyes al
margen de los intereses espurios de una minoría ciega cuando no manifiestamente
malvada que mancha hasta la posibilidad de sentirnos honrados sin ser
estúpidos. Una verdad a medias es que
somos como somos y no tenemos remedio; que todos no sé qué y todos no sé
cuánto. Pero no somos todos los que tenemos perros feroces guardando el botín
en islas remotas, ni los que acumulamos recursos, hasta robándolos, para
influir en su precio manejando su oferta y su demanda. Que los esbirros del
becerro de oro nos quieran hacer comulgar con ruedas de molino es una cosa, que
devotamente, genuflexos de ferviente fe, digamos amén es penoso: en el pecado
llevamos la penitencia.
La
democracia es muy difícil también, pero no imposible. No es lo mismo
legitimidad que legalidad. Pero, incluso, estamos ante el hecho de que hasta la
legalidad constitucional está siendo atropellada por los gobiernos títeres del
poder real. Es nuestra decisión ser ciudadanos o grey. Hay muchos luchando por
las calles contra los desahucios, en las escuelas y en los ambulatorios de la
sanidad contra los recortes, en suma, una marea multicolor contra la mentira y
la indignidad que podemos apoyar pacíficamente o esperar a que alguien señale
un enemigo público (el moro, el rojo, el masón, el catalán, el español, el
cristiano, el homosexual, en suma el otro) y arremeter contra él con toda la
violencia de nuestra debilidad mental. Salud para el 2013, que hambre no ha de
faltar.