miércoles, 2 de enero de 2013


Digresiones en la noche vieja de 2012 a 2013.

            Nos puede parecer mucho o poco el sueldo del diputado. Depende de la situación en la que se esté. Nos pasaría exactamente igual con las retribuciones de de cualquier profesional con respecto al salario mínimo o a una prestación social. Pero el tufo demagógico de algunas apreciaciones sobre el sueldo de los diputados, concejales y demás representantes electos de los ciudadanos (incluso apreciaciones erróneas), nos dejan ante la disyuntiva de que, o bien, ya que no sirven para nada, mejor estarían en su casa o en el paro para que aprendan y, de paso, poner en su lugar "gente preparada" que vocacional, desinteresadamente y con honradez ejerzan el gobierno de la nación o de la cosa; o bien, ya que no se puede hacer nada, despreocuparnos de la política y que cada uno se las arregle por su cuenta.
            Está claro que la clase política (tiene bemoles el término), los representantes electos y sus partidos, digo, se han desprestigiado ellos mismos en múltiples ocasiones, y ese desprestigio se ha hecho llegar (creo que interesadamente) a todos por igual. Esto, que conste, es por no hacer tabla rasa: personas honestas, que no han robado, malfurriado ni mentido, haberlas, haylas. Tanto entre los políticos como entre el resto de la ciudadanía. Hay quien dice, no obstante, que en este país nadie se salva, que somos así etc., etc. Él sabrá, ellos sabrán la opinión que de sí mismos están dando.
            Dejando a una parte, cielos, el derecho a la presunción de inocencia y honestidad, estamos donde estamos bombardeados por la culpa, como ya he dicho en este mismo foro en otras ocasiones, con esa cara de tontos que se nos queda asumiendo que esto no podía ser ¡Demasiada felicidad!¡Fue bello mientras duró! Y vuelvo a repetir aquello: que cada palo aguante su vela. Porque si no, llegamos a la conclusión de que lo que está mal es la democracia, los derechos humanos, el contrato social y cualquier manera de convivencia civilizada ¡Sólo nos merecemos el palo y la zanahoria! Que el trabajo no es un derecho y un deber sino una mercancía cuyo valor depende como todo de las sacrosantas leyes del mercado, mano inocente que mueve la rueda de la fortuna.
            En un momento como éste, tan dramático, apelar al sueldo de los diputados, de los funcionarios, de esos parados que cobran (¡si es que son unos vagos!), de los viejos hipocondríacos acaparadores de medicamentos, de los universitarios que se van de Erasmus para golfear por esos países, de los tal o los cual… y no a la mala práctica, a la irresponsabilidad y, sobre todo, a la avaricia desmesurada de los acaparadores del maldito parné y sus coadyuvantes, los sacerdotes del Becerro de Oro, en este momento, digo,  dimitir de nuestra condición de ciudadanos es asumir la de chivos expiatorios.
            Y es que es esa condición de ciudadanos la que se nos está poniendo en duda como si fuese una cosa que se nos puede quitar por hacer abuso de ella. En una democracia formar parte del demos, tener carta de ciudadanía, es asumir la responsabilidad y para ello el poder de poder ejercerla. Sin ese poder, nuestros derechos son concesiones del verdadero poder, el fáctico, que se nos podrán arrebatar si somos malos o con escusa de serlo y aun sin serlo.
            Por eso el sueldo del diputado, la productividad de los funcionarios, el mal uso de los servicios públicos y otros muchos debates concernientes al buen uso de las instituciones y recursos del estado son algo que no tendría que ser algo excepcional sino corriente en el devenir cotidiano de una democracia. Cuando lo corriente, lo que debería ser normal se convierte en excepcional, se sobredimensiona ocultando otros debates, sobre cosas también muy importantes y que se dan por descontadas.
            Un ejemplo de lo anterior es la falta de debate público sobre la deuda contraída del Estado Español y su “legitimidad incuestionable” (tanto del capital nominal como de los intereses leoninos derivados de una especulación manifiesta) que llevó a reformar la Constitución el 2011 con lindezas de este tenor: Los créditos para satisfacer los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta.
            Resulta indignante que una decisión tan excepcional como una reforma de la Carta Magna, que supone de hecho una cesión de soberanía tan importante, no haya sido consultada en referéndum tras el consiguiente debate aclaratorio. Este es el mensaje. 
            La Corona, entre tanto, insta a los políticos a la Gran Política, la histórica y heroica del consenso de la transición con Espada de Damocles (de los espadones) incluida, representada esta vez, con el no se puede hacer otra cosa o ya veréis lo que hace la Prima. Pero La Corona, que para mí no significa otra cosa que la patética imagen de un anciano simpático y granujilla con el discurso acabado, es la representación máxima del estado y cuando nos dice que debemos claudicar nuevamente ante la adversidad de los tiempos haciendo sacrificios por una segura recuperación (de la grandeza de España, me pienso), luchando unidos (contra la discrepancia, la diversidad, que no a otra cosa nos suena lo de desunión) sobre todo bipartidistamente (consenso), cuando esto nos dice la Corona, a muchos de nosotros nos parece más de lo mismo en el tortuoso camino hacia una democracia real que (perdón por la gracieta), no es lo mismo que monarquía parlamentaria.
            El deterioro de la imagen de Juan Carlos I y su entorno, no se ha debido desgraciadamente a un debate serio sobre la vetusta institución tanto como a los avatares de un sistema democrático que se consensuó con gran ilusión por parte de una mayoría con ganas de vivir en alegre libertad, con cierta resignación por parte de muchos que hubiéramos preferido poder cambiar nuestra opinión con el paso del tiempo y sobre todo, con una gran presión por parte de los poderes fácticos para que la cosa no se desmadrase. Esa legalidad democrática, que no obstante, es lo que teníamos y lo que tenemos, ha resultado ser tan débil como el pensamiento de la ciudadanía (el sueño de la Razón, citando a Goya) que de puro autocomplaciente en su laissez faire se queja de lo que al parecer libremente ha elegido. Así pues, aunque la monarquía por su naturaleza irracional (en el sentido goyesco), no necesita a nadie para deteriorarse; se cuartea por momentos como la pintura mal imprimada que es: una gruesa y grasa capa franquista, una magra capa de consenso democrático, otra recia capa de involución y, por si fuera poco, la capa final de la imprimación en blanco legítimo dinástico; así pues, retomando el hilo, las propias vicisitudes de nuestra democracia en ese no querer desmadrarse (que no fuera otra cosa que evolucionar), han afectado al prestigio de la institución de la jefatura del estado bajo cuya irresponsabilidad ante la ley, y por irresponsabilidad de los sucesivos gobiernos y legislaturas, se ha podido cometer ilegalidades sin control.
            Ese es el verdadero debate, el control. El control de las instituciones por parte de la ciudadanía, pues es evidente que el descontrol destruye el sistema inmunológico de una sociedad democrática. La corrupción es consecuencia de los fallos en el control por parte de los ciudadanos, por ejemplo, delegando en el tribunal de cuentas y del real control que ejerce sobre los gobernantes el real poder del maldito parné.
            Demasiado debate se omite en los medios de comunicación que han dejado de ser el cuarto poder para ser simplemente la voz de sus amos escenificando un diálogo estéril, que a priori ya tiene sacadas las conclusiones.
            También entretanto, doña Cospedal, retira el sueldo a los parlamentarios manchegos y ahorra un millón de euros; algún lenguaraz le ha dicho que podía ahorrarse hasta diez más retirando el sueldo a los cargos de su confianza en Castilla La Mancha. Y mal andamos, repito, si estos debates corrientes, tan importantes, nos ocultan el mayor:
            ¿Qué vamos a comer mañana? ¿Qué va a ser de nuestra salud pública? ¿Qué va a pasar con la educación de nuestros hijos, con nuestra vivienda encarecida artificialmente por la irresponsabilidad (de hecho, según parece, la teórica no responsabilidad de sus actos, no sólo se aplica al Rey) y la codicia sin límites? ¿Qué va a ser de nuestro trabajo depauperado por la evaporación de los derechos laborales?
            La libertad es muy difícil (no imposible) cuando la necesidad te induce a asumir la esclavitud. Los sucesivos singobiernos gendarmes del dogma satanizador del déficit, y vigilantes de la amenazante hiperinflación están produciendo gran pobreza material y moral. Y las verdades a medias son peor que las mentiras, como mucho peor que el sueldo de los diputados es el clientelismo y la falta de moralidad a la hora de representar a la ciudadanía. Soy de los que piensan que deberíamos poder aplicar la ley ya que no hay libertad fuera de ella: La Constitución, Los Derechos Humanos… Deberíamos poder legislar, reformar nuestras leyes al margen de los intereses espurios de una minoría ciega cuando no manifiestamente malvada que mancha hasta la posibilidad de sentirnos honrados sin ser estúpidos.  Una verdad a medias es que somos como somos y no tenemos remedio; que todos no sé qué y todos no sé cuánto. Pero no somos todos los que tenemos perros feroces guardando el botín en islas remotas, ni los que acumulamos recursos, hasta robándolos, para influir en su precio manejando su oferta y su demanda. Que los esbirros del becerro de oro nos quieran hacer comulgar con ruedas de molino es una cosa, que devotamente, genuflexos de ferviente fe, digamos amén es penoso: en el pecado llevamos la penitencia.
            La democracia es muy difícil también, pero no imposible. No es lo mismo legitimidad que legalidad. Pero, incluso, estamos ante el hecho de que hasta la legalidad constitucional está siendo atropellada por los gobiernos títeres del poder real. Es nuestra decisión ser ciudadanos o grey. Hay muchos luchando por las calles contra los desahucios, en las escuelas y en los ambulatorios de la sanidad contra los recortes, en suma, una marea multicolor contra la mentira y la indignidad que podemos apoyar pacíficamente o esperar a que alguien señale un enemigo público (el moro, el rojo, el masón, el catalán, el español, el cristiano, el homosexual, en suma el otro) y arremeter contra él con toda la violencia de nuestra debilidad mental. Salud para el 2013, que hambre no ha de faltar.