martes, 17 de julio de 2012

Mi minuto de gloria o el pequeño-gran príncipe.


Balú, tenías que haberlo visto. Los caireles dorados del principito[1] (realmente los rizos sólo se mostraban futuribles - sus cortes de pelo siempre fueron al estilo castrense) junto a su masculinamente serio semblante que dejaba vislumbrar una alegría infantil contenida, se sumaban al irremediable encanto que cualquier cachorro de la especie tiene para los adultos. Por si fuera poco, la madre naturaleza no había sido equitativa en el reparto de sus dones entre él y sus hermanas, lo cual, hacía resaltar aún más su gracia y donaire. Estaba (como vulgarmente dice el vulgo vulgar - que para eso lo es) para comérselo. La simpatía que inspiraba, compartida con su progenitor en momentos muy difíciles para este refundado reino, era parte del proceso paranormal de transformación que el país entero sufrió entre el 75 y el 85 del pasado siglo. Digo paranormal porque aquel poner el cascabel al gato de la dictadura, resultando que el tirano tuviese su sucesor al tiempo que el pueblo recuperaba su soberanía, se vio como algo milagroso y ejemplarizante. El monarca vino a ser en el imaginario colectivo el factótum indiscutible de la transición. Sobre todo tras el 23F, donde quedaba salvada cualquier reticencia que pudiera despertar el ser legítimo sucesor del pequeño-gran asesino y de su abuelo, el defenestrado Alfonso XIII que, aunque no lo tiró nadie por la ventana, visto lo bien que suena la frase con el galicisno, se non è vero, è ben trovato.

            Las personas mayores, Balú, no sé si por experiencia o desengaño, tendemos a pensar que los milagros no existen salvo en la magia de la prestidigitación también llamada ilusionismo. Sólo amarrándonos a la ilusión (aquí en su acepción de optimismo) o a la utopía, retrasamos el irremediable destino de la decepción adulta. Irremediable, sí, aunque solamente sea parcial. Que algunos no cejan.

            Cuando te trajimos a casa, Balú, eras una informe bola peluda, mal oliente y llena de pulgas de la que emergiste, como de la espuma, cual venus boticcelliana. Estabas serio, tal vez asustado o echando de menos la perrera que compartías con tu madre. Si tu memoria fuera la mía (¿realmente no lo es?) tal vez recordases que en tu infancia perruna yo te llamaba príncipe como un padre orgulloso de la hermosura y gracia de su retoño. A veces, cuando me enfado contigo porque te pones a ladrar como un perro cualquiera, no caigo en la cuenta de que lo haces porque esa es tu naturaleza, ladrar es lo tuyo. Porqué no te callas, te digo; e inmediatamente, cuando obedeces, o lo aparentas, te acaricio aun a sabiendas de que volverás a hacerlo, cayendo en la cuenta, ya, que es tu naturaleza.

            Nuestro Príncipe, el de todos (somos sus criadores), como tú, se ha hecho adulto. Probablemente, como tú para mí, también sigue resultando hermoso para muchos y  muchas. Ha estudiado con aprovechamiento y es consciente, según parece, de la importancia de su papel institucional. Por si fuera poco, tiene una bella e inteligente esposa, y unas hijas, como lo fue él, encantadoras, probablemente gracias a los genes plebeyos aportados por su mamá. Con esto, volviendo a mi decepción adulta, quiero decirte que no es por ti, ni por el príncipe; formáis parte de ese mundo de afectos paranormales en el que muchos españoles están o estamos subsumidos desde el 75. No hay nada en vosotros, ni siquiera en ti, ebúrneo amigo, que me pueda decepcionar. Es vuestra naturaleza:

            El sueño de mí razón, que os da forma y vida.

            Desde la nostalgia, pero sin una pizca de ella,

en Movera a 20 de julio de 2011.

Manuel Marteles.



[1]Car je n'aime pas qu'on lise mon dialogue à la légère...” (Antoine de Saint-Exupéry en Le Petit Prince)

Contradictorias y épicas divagaciones de un casto josé zarzuelero en estocolmo


Gracias, rey mío, por la bondad que por doquier prodigas.

Gracias, galán de los luceros y las nevadas cumbres,

Porque matarme no me matas y en rey fuera costumbre,

Porque violarme no me violas sobre un lecho de ortigas.



Quisiera mi razón velar y duerme, sueña espigas:

Casto josé en bíblica zarzuela tu mente alumbre

Mi sabio discernir. Pues no quisiera que se derrumbe

Tu mito, tu leyenda, demócrata y sutil auriga.



Que herido en la batalla  ¡proboscídea fiera infame!

De tanto soñar lozanas espigas y orondas vacas

Comidas, más bien devoradas, por sus hermanas flacas,



Tu instinto natural, tan campechano, hacia el encame

Nublado se ha quedao, tal vez pasmado y en consecuencia

Tu verga carmesí, laxa, arrugada, furiosa, brame.



Gracias, galán, gentil auriga, sutil evanescencia,

Que a tu salacidad, bendita y alabada

Por amor a tus súbditos pusiste fin.

Punto final, final del cuento o canto ruin.

Historia rematada:

Y comieron perdices.

Y no nos dieron.

Y fueron muy felices.

“¡Paladares plebeyos!”

Eso dijeron

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