Balú, tenías que haberlo visto. Los caireles
dorados del principito[1]
(realmente los rizos sólo se mostraban futuribles - sus cortes de pelo siempre
fueron al estilo castrense) junto a su masculinamente serio semblante que
dejaba vislumbrar una alegría infantil contenida, se sumaban al irremediable
encanto que cualquier cachorro de la especie tiene para los adultos. Por si
fuera poco, la madre naturaleza no había sido equitativa en el reparto de sus
dones entre él y sus hermanas, lo cual, hacía resaltar aún más su gracia y
donaire. Estaba (como vulgarmente dice el vulgo vulgar - que para eso lo es)
para comérselo. La simpatía que inspiraba, compartida con su progenitor en
momentos muy difíciles para este refundado reino, era parte del proceso paranormal
de transformación que el país entero sufrió entre el 75 y el 85 del pasado
siglo. Digo paranormal porque aquel poner el cascabel al gato de la dictadura,
resultando que el tirano tuviese su sucesor al tiempo que el pueblo recuperaba
su soberanía, se vio como algo milagroso y ejemplarizante. El monarca vino a ser
en el imaginario colectivo el factótum indiscutible de la transición. Sobre
todo tras el 23F ,
donde quedaba salvada cualquier reticencia que pudiera despertar el ser
legítimo sucesor del pequeño-gran asesino y de su abuelo, el defenestrado Alfonso
XIII que, aunque no lo tiró nadie por la ventana, visto lo bien que suena la
frase con el galicisno, se non è vero, è
ben trovato.
Las
personas mayores, Balú, no sé si por experiencia o desengaño, tendemos a pensar
que los milagros no existen salvo en la magia de la prestidigitación también
llamada ilusionismo. Sólo amarrándonos a la ilusión (aquí en su acepción de
optimismo) o a la utopía, retrasamos el irremediable destino de la decepción
adulta. Irremediable, sí, aunque solamente sea parcial. Que algunos no cejan.
Cuando
te trajimos a casa, Balú, eras una informe bola peluda, mal oliente y llena de
pulgas de la que emergiste, como de la espuma, cual venus boticcelliana.
Estabas serio, tal vez asustado o echando de menos la perrera que compartías
con tu madre. Si tu memoria fuera la mía (¿realmente no lo es?) tal vez
recordases que en tu infancia perruna yo te llamaba príncipe como un padre
orgulloso de la hermosura y gracia de su retoño. A veces, cuando me enfado
contigo porque te pones a ladrar como un perro cualquiera, no caigo en la
cuenta de que lo haces porque esa es tu naturaleza, ladrar es lo tuyo. Porqué
no te callas, te digo; e inmediatamente, cuando obedeces, o lo aparentas, te
acaricio aun a sabiendas de que volverás a hacerlo, cayendo en la cuenta, ya,
que es tu naturaleza.
Nuestro
Príncipe, el de todos (somos sus criadores), como tú, se ha hecho adulto.
Probablemente, como tú para mí, también sigue resultando hermoso para muchos
y muchas. Ha estudiado con
aprovechamiento y es consciente, según parece, de la importancia de su papel
institucional. Por si fuera poco, tiene una bella e inteligente esposa, y unas
hijas, como lo fue él, encantadoras, probablemente gracias a los genes plebeyos
aportados por su mamá. Con esto, volviendo a mi decepción adulta, quiero
decirte que no es por ti, ni por el príncipe; formáis parte de ese mundo de afectos
paranormales en el que muchos españoles están o estamos subsumidos desde el 75.
No hay nada en vosotros, ni siquiera en ti, ebúrneo amigo, que me pueda decepcionar.
Es vuestra naturaleza:
El
sueño de mí razón, que os da forma y vida.
Desde
la nostalgia, pero sin una pizca de ella,
en Movera a 20 de julio de 2011.
[1] “Car je n'aime pas
qu'on lise mon dialogue à la légère...” (Antoine de Saint-Exupéry en Le Petit Prince)