14 de abril
La
infanta Cristina, no sé si triste, sí, cariacontecida, pasea sus imputaciones
aplazadas y su presunción de inocencia, también aplazada; que sólo se presume
la inocencia de los imputados y procesados, ya que sería ocioso ponerse la
venda antes de herirse o dar excusas sin ser pedidas, que, según el latinajo tan
querido por algún jurista diletante que vaya de culterano, inculpan a quien las
da. A mí tanto me da, Balú, si en un vaso, olvidada, se le desmaya la flor de
su amor por el paladín balonmánico que huye a Qatar. Ya sé; estarás pensando
que, como soy republicano, todo vale para la causa y que el destino de estas
familias (ducal y real) me la trae al pairo. Pues no. Tampoco, esa memez de la
Marca España que suena a remedo de aquella Hispánica de los tiempos de Carlomagno (es decir, viejuna, casposa y cutre) me la trae. Lo mío con este asunto, como les pasa a muchos
republicanos de bien, es un ataque de vergüenza propia y ajena.
Al
señor Juan Carlos llevamos aguantándole la campechanería, ya, muchos años, así
como su estar por encima de la ley y lo que es todavía peor, su precaria
apreciación de la realidad que lo deja en pelota constantemente. Recuerda,
Balú, el cuento del vestido de aquel rey que solo era invisible para los tontos
y que, como nadie quería parecerlo, todos negaban la evidencia; el rey de aquel
cuento estaba en porretas, tan a gusto, ocultando su idiotez “¡Por dios que nadie
note que no lo veo!” Y no quiero decir con esto que el jefe del estado sea
tonto hasta tal punto, aunque sí pienso que él cree que los ciudadanos lo somos
y en cierto modo tiene razón. Estoy casi seguro, que, ni en sus más optimistas
ensoñaciones, el ciudadano Borbón hubiera podido pensar que las cosas le saldrían
tan bien. Le salió bien suceder al genocida Franco (que no lo tenía tan seguro);
ser refrendado con la Constitución aprobada por mayoría; y, finalmente, la
legitimación dinástica por parte de su sacrificado padre, Don Juan. Pero no
sólo le salió bien a nuestro jefe del estado (y rey vuestro, diría a los
cortesanos pelotilleros) lo antedicho, al parecer compartía con su antecesor la
baraka y el 23F
ganó por la mano a tirios y troyanos deviniendo en adalid indiscutible de la
democracia. Al menos esa es la lectura que se hizo del asunto, no osando,
entretanto, nadie, o casi nadie, decir que el rey estaba en bolas.
Y
es que la transición fue un gran consenso. Todo el mundo quería pasar página y
se pasó. Se cambiaron muchas cosas para que, en realidad, no cambiara nada. La
Fiera se mostró aletargada dejando al mando a sus capataces para que velasen
por sus intereses. Y llegó la OTAN, el pelotazo, la Europa de los mercaderes,
el Euro, la liberalización del suelo, la especulación inmobiliaria, los recortes de
los derechos laborales por parte de los diferentes gobiernos y la conversión,
en el imaginario colectivo, de la masa asalariada, el proletariado, en clase
media: esa especie de limbo consumista que cuando decae o decrece pone en
evidencia la falsedad en la que está apoyado el sistema de la Fiera (del Capital,
con perdón) que está completamente en cueros como aquel rey.
Que
las infantas estén tristes, lo entiendo, como que lo esté el rey, la reina, los
príncipes y demás allegados a la casa real, ya que se les ajó el maravilloso traje
que los envolvía en la irrealidad de esta realeza democrática, consensuada, y
que parece no ser absolutamente necesaria para el sistema de la Fiera, o en
cualquier caso a ésta le da igual. También parece haber abandonado finalmente la
baraka a Don Juan Carlos resultando que la probable caída de la monarquía
democrática esta, una vez más, lo sería por sus propios deméritos y no por que
el pueblo desenmascare la falacia, en buena lógica, del argumentario que la
sostiene. Y he aquí la gran frustración, Balú, para un republicano de pro.
El
que la Fiera muestre que puede prescindir de cualquiera de sus capataces sea
papa, primer ministro, rey, alcalde o concejal corruptos, nada más que
mostrando sus vergüenzas públicamente; que puede, una vez más, cambiarlo todo
para que nada cambie, debería hacernos pensar, al menos como mera hipótesis de
trabajo, en aquellos idus de marzo. La Fiera es un monstruo tragantúa que se nutre
de nuestra avidez por consumir historias para seguir habitando en nuestro limbo
y, constantemente, nos tiene amenazados con la abstinencia y el desahucio. Sus
capataces, nuevamente, no nos engañemos, velan por sus intereses.
Balú,
hay mucho indeseable al servicio de la Fiera en puestos claves de nuestra
sociedad, es cierto, pero hasta que no la desenmascaremos a ella seguiremos
jodidos. Entre tanto, a mí, y demás sufridos proletarios, la tristeza de la
infanta, de los miembros de la casa real en porreta por decisión de sus ladinos
sastres al servicio de la Fiera (sus desastres, diría yo) de verdad, no me la
trae al pairo. Es más, desearía que cada palo aguantase su vela cumpliendo con su
pena. Y aunque estoy casi seguro que el fuerte brazo de la Justicia, que es
largo, lento y en estos casos bastante aplacable, acabará por desfallecer,
espero y deseo que todas estas cosas no caigan en el saco roto; que la sensatez
de este pueblo español maduro para la democracia, esta vez, se decante por su
derecho a decidir, su derecho a la autodeterminación.
Feliz
día de la República, Balú, que tú, al ser perro y republicano, según la carcunda fascista,
tendrás dos motivos para celebrarlo. Yo una vez más, como la solución a la
crisis, espero al año que viene.