sábado, 13 de abril de 2013


14 de abril

            La infanta Cristina, no sé si triste, sí, cariacontecida, pasea sus imputaciones aplazadas y su presunción de inocencia, también aplazada; que sólo se presume la inocencia de los imputados y procesados, ya que sería ocioso ponerse la venda antes de herirse o dar excusas sin ser pedidas, que, según el latinajo tan querido por algún jurista diletante que vaya de culterano, inculpan a quien las da. A mí tanto me da, Balú, si en un vaso, olvidada, se le desmaya la flor de su amor por el paladín balonmánico que huye a Qatar. Ya sé; estarás pensando que, como soy republicano, todo vale para la causa y que el destino de estas familias (ducal y real) me la trae al pairo. Pues no. Tampoco, esa memez de la Marca España que suena a remedo de aquella Hispánica de los tiempos de Carlomagno (es decir, viejuna, casposa y cutre) me la trae.  Lo mío con este asunto, como les pasa a muchos republicanos de bien, es un ataque de vergüenza propia y ajena.
            Al señor Juan Carlos llevamos aguantándole la campechanería, ya, muchos años, así como su estar por encima de la ley y lo que es todavía peor, su precaria apreciación de la realidad que lo deja en pelota constantemente. Recuerda, Balú, el cuento del vestido de aquel rey que solo era invisible para los tontos y que, como nadie quería parecerlo, todos negaban la evidencia; el rey de aquel cuento estaba en porretas, tan a gusto, ocultando su idiotez “¡Por dios que nadie note que no lo veo!” Y no quiero decir con esto que el jefe del estado sea tonto hasta tal punto, aunque sí pienso que él cree que los ciudadanos lo somos y en cierto modo tiene razón. Estoy casi seguro, que, ni en sus más optimistas ensoñaciones, el ciudadano Borbón hubiera podido pensar que las cosas le saldrían tan bien. Le salió bien suceder al genocida Franco (que no lo tenía tan seguro); ser refrendado con la Constitución aprobada por mayoría; y, finalmente, la legitimación dinástica por parte de su sacrificado padre, Don Juan. Pero no sólo le salió bien a nuestro jefe del estado (y rey vuestro, diría a los cortesanos pelotilleros) lo antedicho, al parecer compartía con su antecesor la baraka y el 23F ganó por la mano a tirios y troyanos deviniendo en adalid indiscutible de la democracia. Al menos esa es la lectura que se hizo del asunto, no osando, entretanto, nadie, o casi nadie, decir que el rey estaba en bolas.
            Y es que la transición fue un gran consenso. Todo el mundo quería pasar página y se pasó. Se cambiaron muchas cosas para que, en realidad, no cambiara nada. La Fiera se mostró aletargada dejando al mando a sus capataces para que velasen por sus intereses. Y llegó la OTAN, el pelotazo, la Europa de los mercaderes, el Euro, la liberalización del suelo, la especulación inmobiliaria, los recortes de los derechos laborales por parte de los diferentes gobiernos y la conversión, en el imaginario colectivo, de la masa asalariada, el proletariado, en clase media: esa especie de limbo consumista que cuando decae o decrece pone en evidencia la falsedad en la que está apoyado el sistema de la Fiera (del Capital, con perdón) que está completamente en cueros como aquel rey.  
            Que las infantas estén tristes, lo entiendo, como que lo esté el rey, la reina, los príncipes y demás allegados a la casa real, ya que se les ajó el maravilloso traje que los envolvía en la irrealidad de esta realeza democrática, consensuada, y que parece no ser absolutamente necesaria para el sistema de la Fiera, o en cualquier caso a ésta le da igual. También parece haber abandonado finalmente la baraka a Don Juan Carlos resultando que la probable caída de la monarquía democrática esta, una vez más, lo sería por sus propios deméritos y no por que el pueblo desenmascare la falacia, en buena lógica, del argumentario que la sostiene. Y he aquí la gran frustración, Balú, para un republicano de pro.
            El que la Fiera muestre que puede prescindir de cualquiera de sus capataces sea papa, primer ministro, rey, alcalde o concejal corruptos, nada más que mostrando sus vergüenzas públicamente; que puede, una vez más, cambiarlo todo para que nada cambie, debería hacernos pensar, al menos como mera hipótesis de trabajo, en aquellos idus de marzo. La Fiera es un monstruo tragantúa que se nutre de nuestra avidez por consumir historias para seguir habitando en nuestro limbo y, constantemente, nos tiene amenazados con la abstinencia y el desahucio. Sus capataces, nuevamente, no nos engañemos, velan por sus intereses.
            Balú, hay mucho indeseable al servicio de la Fiera en puestos claves de nuestra sociedad, es cierto, pero hasta que no la desenmascaremos a ella seguiremos jodidos. Entre tanto, a mí, y demás sufridos proletarios, la tristeza de la infanta, de los miembros de la casa real en porreta por decisión de sus ladinos sastres al servicio de la Fiera (sus desastres, diría yo) de verdad, no me la trae al pairo. Es más, desearía que cada palo aguantase su vela cumpliendo con su pena. Y aunque estoy casi seguro que el fuerte brazo de la Justicia, que es largo, lento y en estos casos bastante aplacable, acabará por desfallecer, espero y deseo que todas estas cosas no caigan en el saco roto; que la sensatez de este pueblo español maduro para la democracia, esta vez, se decante por su derecho a decidir, su derecho a la autodeterminación.
            Feliz día de la República, Balú, que tú, al ser perro y republicano, según la carcunda fascista, tendrás dos motivos para celebrarlo. Yo una vez más, como la solución a la crisis, espero al año que viene.